El amor no es doloroso, es calma y seguridad.
Es lucha ardiente de piel contra piel con sudor en la bonanza y gallardía en la adversidad.
Debe ser confianza forjada en fuego, no decadente frente a ninguna tempestad.
Un descanso merecido que con caricias drene el cansancio de un día fatal.
Cama vestida y mesa servida, en la salud y enfermedad.
Huerto de pasión furtiva para dar frutos hermosos que reflejen su deidad.
Juegos picarescos de miradas que en el sexo concebirán, un solo ser unificado, invencible e inmortal.
Charlas y sonrisas que prevalezcan cuando el cuerpo no da para más.
Es belleza más allá de toda simetría física y palabras adornadas, pues sin ninguna mascarada siempre se presentará.
Aprender a reconocerlo es difícil porque adoramos la maldad.
Esta última si tiene disfraz vanidoso y por ello nos engaña con facilidad.
Bendito y divino, sentimiento que confundimos con fatalidad cuando no
es recíproco, o se aleja de nosotros por falta de humanidad.
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